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    11/03/2008

    El círculo del 99

     
    EL CÍRCULO DEL 99
     
     
     
    Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente, que

    como todo sirviente de rey triste, era muy feliz.

    Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y

    despertar al rey contando y tarareando alegres canciones de

    juglares. Una gran sonrisa se dibujaba en su distendida cara y

    su actitud para con la vida era siempre serena y alegre.

    Un día, el rey lo mandó a llamar.

    —Paje –le dijo— ¿cuál es el secreto?

    —¿Qué secreto, Majestad?

    —¿Cuál es el secreto de tu alegría?

    —No hay ningún secreto, Alteza.

    —No me mientas, paje. He mandado a cortar cabezas por

    ofensas menores que una mentira.

    —No le miento, Alteza, no guardo ningún secreto.

    —¿Por qué estás siempre alegre y feliz? ¿eh? ¿por qué?

    —Majestad, no tengo razones para estar triste. Su alteza

    me honra permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis hijos

    viviendo en la casa que la corte nos ha asignado, somos vestidos

    y alimentados y además su Alteza me premia de vez en cuando

    con algunas monedas para darnos algunos gustos, ¿cómo no

    estar feliz?

    —Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar –

    dijo el rey—. Nadie puede ser feliz por esas razones que has

    dado.

    —Pero, Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría más

    que complacerlo, pero no hay nada que yo esté ocultando...

    —Vete, ¡vete antes de que llame al verdugo!

    El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la

    habitación.

    El rey estaba como loco. No consiguió explicarse cómo el

    paje estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y

    alimentándose de las sobras de los cortesanos.

    Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le

    contó su conversación de la mañana.

    —¿Por qué él es feliz?

    —Ah, Majestad, lo que sucede es que él está fuera del

    círculo.

    —¿Fuera del círculo?

    —Así es.

    —¿Y eso es lo que lo hace feliz?

    —No, Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.

    —A ver si entiendo, estar en el círculo te hace infeliz.

    —Así es.

    —Y él no está.

    —Así es.

    —¿Y cómo salió?

    —¡Nunca entró!

    ¿Qué círculo es ese?

    —El círculo del 99.

    —Verdaderamente, no te entiendo nada.

    —La única manera para que entendieras, sería

    mostrártelo en los hechos.

    —¿Cómo?

    —Haciendo entrar a tu paje en el círculo.

    —Eso, obliguémoslo a entrar.

    —No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el

    círculo.

    —Entonces habrá que engañarlo.

    —No hace falta, Su Majestad. Si le damos la oportunidad,

    él entrará solito, solito.

    —¿Pero él no se dará cuenta de que eso es su infelicidad?

    —Sí, se dará cuenta.

    —Entonces no entrará.

    —No lo podrá evitar.

    —¿Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le

    causará entrar en ese ridículo círculo, y de todos modos entrará

    en él y no podrá salir?

    —Tal cual. Majestad, ¿estás dispuesto a perder un

    excelente sirviente para poder entender la estructura del

    círculo?

    —Sí.

    —Bien, esta noche te pasaré a buscar. Debes tener

    preparada una bolsa de cuero con 99 monedas de oro, ni una

    más ni una menos. ¡99!

    —¿Qué más? ¿Llevo guardias por si acaso?

    —Nada más que la bolsa de cuero. Majestad, hasta la

    noche.

    —Hasta la noche.

    Así fue. Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey.

    Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se

    ocultaron junto a la casa del paje. Allí esperaron el alba.

    Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el

    hombre sabio agarró la bolsa y le pinchó un papel que decía:

    ESTE TESORO ES TUYO.

    ES EL PREMIO

    POR SER UN BUEN HOMBRE.

    DISFRÚTALO Y NO CUENTES

    A NADIE

    CÓMO LO ENCONTRASTE.

    Luego ató la bolsa con el papel en la puerta del sirviente,

    golpeó y volvió a esconderse.

    Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban desde

    atrás de unas matas lo que sucedía.

    El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agitó la bolsa y al

    escuchar el sonido metálico se estremeció, apretó la bolsa

    contra el pecho, miró hacia todos lados y entró en su casa.

    Desde afuera escucharon la tranca de la puerta, y se

    arrimaron a la ventana para ver la escena.

    El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa

    y dejado sólo la vela. Se había sentado y había vaciado el

    contenido en la mesa.

    Sus ojos no podían creer lo que veían.

    ¡Era una montaña de monedas de oro!

    Él, que nunca había tocado una de estas monedas, tenía

    hoy una montaña de ellas para él.

    El paje las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacía

    brillar la luz de la vela sobre ellas. Las juntaba y desparramaba,

    hacía pilas de monedas.

    Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10

    monedas:

    Una pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro,

    cinco, seis... y mientras sumaba 10, 20, 30, 40, 50, 60... hasta

    que formó la última pila:

    9 monedas!

    Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una

    moneda más. Luego el piso y finalmente la bolsa.

    “No puede ser”, pensó. Puso la última pila al lado de las

    otras y confirmó que era más baja.

    —Me robaron –gritó— me robaron, malditos!

    Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en

    sus ropas, vació sus bolsillos, corrió los muebles, pero no

    encontró lo que buscaba.

    Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita

    resplandeciente le recordaba que había 99 monedas de oro “sólo

    99”.

    “99 monedas. Es mucho dinero”, pensó.

    Pero me falta una moneda.

    Noventa y nueve no es un número completo –pensaba—.

    Cien es un número completo pero noventa y nueve, no.

    El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del

    paje ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los

    rasgos tiesos, los ojos se habían vuelto pequeños y arrugados y

    la boca mostraba un horrible rictus, por el que asomaban sus

    dientes.

    El sirviente guardó las monedas en la bolsa y mirando

    para todos lados para ver si alguien de la casa lo veía, escondió

    la bolsa entre la leña. Luego tomó papel y pluma y se sentó a

    hacer cálculos.

    ¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para

    comprar su moneda número cien?

    Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta.

    Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla.

    Después quizás no necesitara trabajar más.

    Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de

    trabajar.

    Con cien monedas un hombre es rico.

    Con cien monedas se puede vivir tranquilo.

    Sacó el cálculo. Si trabajaba y ahorraba su salario y

    algún dinero extra que recibía, en once o doce años juntaría lo

    necesario.

    “Doce años es mucho tiempo”, pensó.

    Quizás pudiera pedirle a su esposa que buscara trabajo

    en el pueblo por un tiempo. Y él mismo, después de todo, él

    terminaba su tarea en palacio a las cinco de la tarde, podría

    trabajar hasta la noche y recibir alguna paga extra por ello.

    Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el

    de su esposa, en siete años reuniría el dinero.

    ¡Era demasiado tiempo!

    Quizás pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comida

    todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho,

    cuanto menos comieran, más comida habría para vender...

    Vender...

    Vender...

    Estaba haciendo calor. ¿Para qué tanta ropa de invierno?

    ¿Para qué más de un par de zapatos?

    Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios

    llegaría a su moneda cien.

    El rey y el sabio, volvieron al palacio.

    El paje había entrado en el círculo del 99...

    ...Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus

    planes tal como se le ocurrieron aquella noche.

    Una mañana, el paje entró a la alcoba real golpeando las

    puertas, refunfuñando y de pocas pulgas.

    —¿Qué te pasa? –preguntó el rey de buen modo.

    —Nada me pasa, nada me pasa.

    —Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.

    —Hago mi trabajo, ¿no? ¿Qué querría su Alteza, que

    fuera su bufón y su juglar también?

    No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al

    sirviente.

    No era agradable tener un paje que estuviera siempre de

    mal humor.

    —Y hoy cuando hablamos, me acordaba de ese cuento del rey y

    el sirviente.

    Tú y yo y todos nosotros hemos sido educados en esta estúpida

    ideología: Siempre nos falta algo para estar completos, y sólo

    completos se puede gozar de lo que se tiene.

    Por lo tanto, nos enseñaron, la felicidad deberá esperar a

    completar lo que falta...

    Y como siempre nos falta algo, la idea retoma el comienzo y

    nunca se puede gozar de la vida...

    Pero que pasaría

    si la iluminación llegara a nuestras vidas

    y nos diéramos cuenta, así, de golpe

    que nuestras 99 monedas

    son el cien por cien del tesoro,

    que no nos falta nada,

    que nadie se quedó con lo nuestro,

    que nada tiene de más redondo

    cien que noventa y nueve

    que esta es sólo una trampa,

    una zanahoria puesta frente a nosotros

    para que seamos estúpidos,

    para que jalemos del carro,

    cansados, malhumorados,

    infelices o resignados.

    Una trampa para que nunca dejemos de empujar

    y que todo siga igual...

    ...eternamente igual!

    ...Cuántas cosas cambiarían

    si pudiésemos disfrutar de

    nuestros tesoros tal como están.

    —Pero ojo, Demián, reconocer en 99 un tesoro no quiere decir

    abandonar los objetivos. No quiere decir conformarse con

    cualquier cosa.

    Porque aceptar es una cosa y resignarse es otra.

    Pero eso es parte de otro cuento.

    "EL PORTERO DEL PROSTIBULO" - pequeño cuento extraido de "recuentos para Demian" de Bucay.

    Este es un cuento extraído del Talmud, que habla sobre un hombre común... y las vueltas que da la vida! cuando todo parece ir mal... ojo, puede ser un paso para que vaya mucho mejor!

    Me pareció interesante, así que acá va:

     

    EL PORTERO DEL PORSTÍBULO

    No había en aquel pueblo un oficio peor conceptuado y peor

    pagado que el de portero del prostíbulo... Pero ¿qué otra cosa

    podría hacer aquel hombre?

    De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no

    tenía ninguna otra actividad ni oficio. En realidad, era su

    puesto porque su padre había sido el portero de ese prostíbulo y

    también antes, el padre de su padre.

    Durante décadas, el prostíbulo se pasaba de padres a

    hijos y la portería se pasaba de padres a hijos.

    Un día, el viejo propietario murió y se hizo cargo del

    prostíbulo un joven con inquietudes, creativo y emprendedor. El

    joven decidió modernizar el negocio.

    Modificó las habitaciones y después citó al personal para

    darle nuevas instrucciones.

    Al portero, le dijo:

    —A partir de hoy, usted, además de estar en la puerta,

    me va a preparar una planilla semanal. Allí anotará usted la

    cantidad de parejas que entran día por día. A una de cada

    cinco, le preguntará cómo fueron atendidas y qué corregirían

    del lugar. Y una vez por semana, me presentará esa planilla con

    los comentarios que usted crea convenientes.

    El hombre tembló, nunca le había faltado disposición al

    trabajo pero...

    —Me encantaría satisfacerlo, señor –balbuceó— pero yo...

    yo no sé leer ni escribir.

    —¡Ah! ¡Cuánto lo siento! Como usted comprenderá, yo no

    puedo pagar a otra persona para que haga estoy y tampoco

    puedo esperar hasta que usted aprenda a escribir, por lo

    tanto...

    —Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en

    esto toda mi vida, también mi padre y mi abuelo...

    No lo dejó terminar.

    —Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por

    usted. Lógicamente le vamos a dar una indemnización, esto es,

    una cantidad de dinero para que tenga hasta que encuentre

    otra cosa. Así que, los siento. Que tenga suerte.

    Y sin más, se dio vuelta y se fue.

    El hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca

    había pensado que podría llegar a encontrarse en esa situación.

    Llegó a su casa, por primera vez, desocupado. ¿Qué hacer?

    Recordó que a veces en el prostíbulo cuando se rompía

    una cama o se arruinaba una pata de un ropero, él, con un

    martillo y clavos se las ingeniaba para hacer un arreglo sencillo

    y provisorio. Pensó que esta podría ser una ocupación

    transitoria hasta que alguien le ofreciera un empleo.

    Buscó por toda la casa las herramientas que necesitaba,

    sólo tenía unos clavos oxidados y una tenaza mellada. Tenía

    que comprar una caja de herramientas completa. Para eso

    usaría una parte del dinero que había recibido.

    En la esquina de su casa se enteró de que en su pueblo

    no había una ferretería, y que debería viajar dos días en mula

    para ir al pueblo más cercano a realizar la compra. ¿Qué más

    da? Pensó, y emprendió la marcha.

    A su regreso, traía una hermosa y completa caja de

    herramientas. No había terminado de quitarse las botas cuando

    llamaron a la puerta de su casa. Era su vecino.

    —Vengo a preguntarle si no tiene un martillo para

    prestarme.

    —Mire, sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para

    trabajar... como me quedé sin empleo...

    —Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano.

    —Está bien.

    A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino

    tocó la puerta.

    —Mire, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo

    vende?

    —No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferretería

    está a dos días de mula.

    —Hagamos un trato –dijo el vecino— Yo le pagaré a usted

    los dos días de ida y los dos días de vuelta, más el precio del

    martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece?

    Realmente, esto le daba un trabajo por cuatro días...

    Aceptó.

    Volvió a montar su mula.

    Al regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su

    casa.

    —Hola, vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro

    amigo?

    —Sí...

    —Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto a

    pagarle sus cuatro días de viaje y una pequeña ganancia por

    cada herramienta. Usted sabe, no todos podemos disponer de

    cuatro días para nuestras compras.

    El ex –portero abrió su caja de herramientas y su vecino

    eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le

    pagó y se fue.

    ...No todos disponemos de cuatro días para hacer

    compras”, recordaba.

    Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él

    viajara a traer herramientas.

    En el siguiente viaje decidió que arriesgaría un poco del

    dinero de la indemnización, trayendo más herramientas que las

    que había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo en

    viajes.

    La voz empezó a correrse por el barrio y muchos

    quisieron evitarse el viaje.

    Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas

    viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes.

    Pronto entendió que si pudiera encontrar un lugar donde

    almacenar las herramientas, podría ahorrar más viajes y ganar

    más dinero. Alquiló un galpón.

    Luego le hizo una entrada más cómodo y algunas

    semanas después con una vidriera, el galpón se transformó en

    la primera ferretería del pueblo.

    Todos estaban contentos y compraban en su negocio.

    Ya no viajaba, de la ferretería del pueblo vecino le

    enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente.

    Con el tiempo, todos los compradores de pueblos

    pequeños más lejanos preferían comprar en su ferretería y

    ganar dos días de marcha.

    Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría

    fabricar para él las cabezas de los martillos.

    Y luego, ¿por qué no? las tenazas... y las pinzas... y los

    cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos...

    Para no hacer muy largo el cuento, sucedió que en diez

    años aquel hombre se transformó con honestidad y trabajo en

    un millonario fabricante de herramientas. El empresario más

    poderoso de la región.

    Tan poderoso era, que un año para la fecha de comienzo

    de las clases, decidió donar a su pueblo una escuela. Allí se

    enseñarían además de lectoescritura, las artes y los oficios más

    prácticos de la época.

    El intendente y el alcalde organizaron una gran fiesta de

    inauguración de la escuela y una importante cena de agasajo

    para su fundador.

    A los postres, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad

    y el intendente lo abrazó y le dijo:

    —Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos

    conceda el honor de poner su firma en la primera hoja del libro

    de actas de la nueva escuela.

    —El honor sería para mí –dijo el hombre—. Creo que

    nada me gustaría más que firmar allí, pero yo no sé leer ni

    escribir. Yo soy analfabeto.

    —¿Usted? –dijo el intendente, que no alcanzaba a creerlo

    —¿Usted no sabe leer ni escribir? ¿Usted construyó un imperio

    industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me

    pregunto ¿qué hubiera hecho si hubiera sabido leer y escribir?

    —Yo se lo puedo contestar –respondió el hombre con

    calma—. ¡Si yo hubiera sabido leer y escribir... sería portero del

    prostíbulo!.